Son campeones otra vez

Exactos 25 minutos duró la resistencia de Santiago Wanderers ante Colo Colo. O más bien dicho, la sensación de paridad en la definición de la Supercopa. Bastó un primer aviso de Véjar por la izquierda para dejar solo a Orellana, tras un largo carrerón con medio equipo porteño colgado sobre sus hombros, para establecer que era solo cosa de tiempo que se reflejaran en la cancha y especialmente en el marcador las diferencias entre uno y otro equipo. Porque un minuto después de la ocasión de gol desperdiciada por el reemplazante circunstancial del lesionado Octavio Rivero, el lateral Óscar Opazo aprovechó una distracción de Juan Soto para ganar el callejó central del área y con un cachetazo batir a Catellón. Ahí se puso la lápida del partido, más allá de que quedaban largos minutos de partido.

 

Era mucha la diferencia en el papel. Y se hizo más evidente a medida que avanzaba el partido. Guede incluso se dio el lujo de prescindir de Valdivia, quien comenzó en el banco de los suplentes, y aún así el equipo no sintió nostalgia del Mago. Más allá de que Valdés no se vio cómodo como enganche detrás de los dos delanteros, porque prefiere jugar de frente al arco y no de espaldas, y que Paredes prácticamente no pisara el área rival, Colo Colo se deshizo con comodidad de los porteños por 3-0 y se alzó nuevamento como monarca de la Supercopa.

 

Y no es que Colo Colo fuese muy superior a su rival. Porque no lo fue ni antes ni después de la apertura de la cuenta de Opazo. Es que sencillamente tiene individualidades muy desequilibrantes no sólo en comparación a los porteños, sino que también tomando en cuenta la mayoría de los planteles del fútbol chileno. Agazapado, sin tener la necesidad de recurrir a las apariciones permanentes de Valdés o Paredes, el equipo de Guede comenzó a marcar las distancias a través de sus carrileros. Primero fue Opazo, en la apertura de la cuenta. Y luego Véjar, saliendo de su costazo izquierdo, esta vez apareciendo como un volante central, quien con un derechazo ajustado, anotaría el 2-0 que sencillamente mató cualquier posibilidad de reacción.

Santiago Wanderers, con varios de los jugadores que padecieron el descenso hace poco más de un mes, pareció incomodar a los albos en el inicio del encuentro con una presión alta, achicando la cancha, y no dejando pensar a Valdés. Paredes, lejos del área, tampoco entraba en juego y Orellana no tenía influencia en el partido. Pero no duró mucho el dominio posicional de los caturros porque no hacía daño en el área de Orión y principalmente porque no tenía cómo frenar las transiciones rápidas de Opazo y especialmente Véjar, quien después de mucho tiempo lesionado, dejó claro que puede ser una alternativa real en el costado izquierdo. A partir de los carrerones de sus externos, el Cacique marcó presencia no sólo en el terreno rival, sino que también en el marcador.

Entonces, ya con dos goles de ventaja, Colo Colo tomó ahora si el control del partido. Y Wanderers, a medida que encajaba goles en su arco, iba bajando la guardia. Asumiendo la diferencia de jerarquía de uno y otro. Entendiendo que no había nada que hacer por más pundonor y orgullo que se exhibiera en la cancha. Fiel reflejo de aquello fue el tercer gol de los albos, justo antes de irse al descanso. Como si se tratara de un entrenamiento, Valdés recibió de Paredes a unos 30 metros del pórtico de Castellón, pensó qué hacer durante tres segundos sin que nadie lo apretara, y cuando decidió encarar se encontró con un pasilla abierta para sacar un zurdazo cruzado inatajable para el indefenso arquero caturro.

El segundo tiempo, sin duda, estuvo de sobra. Más allá del amor propio de los porteños, que intentaron maquillar el marcador con algún descuento, Colo Colo ya se había llevado la copa para sus abarrotadas vitrinas en el entretiempo. Como para dejar en claro que este 2018 sigue con el vuelo de la temporada anterior y que todavía tiene espacio para crecer con las incorporaciones que van a llegar. Guede y compañía no para de festejar.

Commentarios