Erwin Moreira Silva, coordinador de Vinculación con el Medio Santo Tomás Osorno

Cuando hablamos del Padre Hurtado, muchas personas lo asocian inmediatamente con la Iglesia Católica. Sin embargo, reducir su legado únicamente al ámbito religioso sería desconocer la profundidad de su pensamiento. Alberto Hurtado fue, ante todo, un reformador social. Él comprendió que el desarrollo de un país no depende solo del crecimiento económico, sino de la capacidad de sus ciudadanos para hacerse responsables unos de otros.

La solidaridad no es patrimonio de una religión ni de una ideología: es un valor humano universal. Es la capacidad de reconocer que vivimos en comunidad y que el bienestar individual está profundamente ligado al bienestar colectivo. Las sociedades más desarrolladas del mundo no se distinguen únicamente por su producto interno bruto o sus avances tecnológicos, sino también por la confianza mutua, la cooperación, la participación ciudadana y el compromiso con el bien común. Ese es el verdadero capital social de una nación.

Chile ha demostrado históricamente que posee esa fortaleza. Frente a terremotos, incendios, inundaciones o tragedias personales, emerge una ciudadanía capaz de organizarse para donar tiempo, recursos y conocimientos sin esperar nada a cambio. Esa capacidad de actuar colectivamente es una de las características que mejor nos representa y que nos posiciona entre los países con mayor cultura solidaria de la región. No es una casualidad; forma parte de nuestra identidad.

Pero hoy enfrentamos un riesgo silencioso: hemos comenzado a confundir solidaridad con asistencialismo. El asistencialismo responde a una necesidad inmediata y, muchas veces, indispensable. La solidaridad, en cambio, busca transformar las condiciones que generan esa necesidad. No entrega solo un recurso; genera capacidades, fortalece organizaciones, impulsa la participación y promueve la autonomía. En otras palabras, no hace cosas por las personas, sino con las personas.

Esta diferencia es clave para el futuro. Si queremos una sociedad más justa, debemos dejar de formar ciudadanos que solo reaccionen ante las emergencias. Necesitamos comenzar a formar personas comprometidas con la construcción cotidiana del bien común. La solidaridad también se expresa cuando respetamos las normas, participamos en una junta de vecinos, realizamos voluntariado, emprendemos con responsabilidad social, protegemos el medio ambiente o dedicamos tiempo a enseñar a otros. Son acciones cotidianas que fortalecen la convivencia y la cohesión social.

En este escenario, los jóvenes tienen un papel decisivo. Lejos de ser indiferentes, vemos a una generación que se moviliza con fuerza por causas sociales, ambientales y de derechos humanos. El desafío actual no es convencerlos de ser solidarios, sino ofrecerles espacios donde esa energía pueda traducirse en liderazgo, innovación social y participación efectiva. Las universidades, los colegios, las familias y las organizaciones comunitarias tienen la responsabilidad de cultivar ese compromiso.

Quizás la pregunta que hoy deberíamos hacernos no es cuánto estamos dispuestos a donar, sino cuánto estamos dispuestos a involucrarnos. Una sociedad verdaderamente desarrollada no se mide por la riqueza que genera, sino por la calidad de las relaciones que construye entre sus habitantes.

El mayor legado del Padre Hurtado no fue una obra material. Fue instalar una convicción que sigue completamente vigente: un país será tan grande como la capacidad de su gente para preocuparse por el otro. En tiempos donde predomina el individualismo, recuperar esa certeza ya no es solo un acto de generosidad; es una necesidad urgente para el futuro de Chile.